lunes, 7 de abril de 2008

Gregorio


Ese día no bebió su luz y esperó a su médico sentado en la cama. Sábanas blancas, escena pura.
Adormecido besó la cruz que colgaba de su cuello y la dejó caer en su propio peso. Había implorado por un mal menor. Pero él sabía que los males son idénticos en su dimensión, así es que se preparó a oír los sonidos que la boca envuelta en delantal, tenía preparada.
Nada lo asustó, nada cambió su estar a oscuras. Siempre en el borde; así, entre la vida y la nada .
Desde entonces, continuó sentado. Esta vez al borde de la cama, de la que colgaban sus pies en todo su peso.
De pronto , la cama levantó vuelo, y todos los trapos también.

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